En el Catatumbo, región fronteriza con Venezuela, hace meses que hay mujeres pariendo en casa en pleno 2026. No es por falta de hospitales, sino por el miedo de salir a la carretera y quedar atrapadas en el fuego cruzado de dos guerrillas. Los bebés tardan meses en ser registrados, los campesinos temen pisar una mina y los niños se esconden al ver los drones que les sobrevuelan cargados de explosivos. Los que se quedaron no se aventuran y viven encerrados como en pandemia. Los que pudieron, huyeron y la región perdió en el último año cerca de 100.000 vecinos. “No somos parte de esta guerra, pero estamos en ella”, contaba a EL PAÍS un líder comunitario con miedo de que lo asesinen. Este domingo, Colombia celebra la primera vuelta de sus elecciones presidenciales. Lo hace con esa guerra de fondo, y con otras tres heridas profundas que ningún candidato ha explicado del todo cómo va a cerrar.
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